Cada mañana salimos de casa con el reloj como juez implacable. Corremos al trabajo, comemos rápido, respondemos mensajes sin leerlos bien y nos vamos a dormir con la sensación de no haber terminado nada. La prisa ya no es una excepción, es la regla.
Lo preocupante no es la velocidad, sino la falta de pausa. Hemos confundido productividad con agotamiento y eficiencia con estrés. Incluso el descanso parece una tarea más en la agenda.
Tal vez el verdadero acto de rebeldía hoy no sea hacer más cosas, sino detenernos un momento y preguntarnos si este ritmo realmente nos pertenece o si solo lo estamos heredando sin pensarlo.